Mirando por la ventana

(I)

Eres una obsesión tímida, como cuando una se queda mirando a la ventana y ve la vida pasar sin hacer nada. Una obsesión llena de recuerdos y de deseo, eras simplemente la hija, la hija dulce da la vecina, aquella muchacha que por puro probar que se sentía, me mostró sus adorables y tiernos senos por la ventana. Aquella terrible obsesión que sentí de inmediato por tus pechos me devolvió la agudeza en ese preciso instante, quitarme de ese letargo en el que estaba sumida fue como quitarme un peso de encima, más bien una pena. La pena de mi soledad, ese eterno retorno a donde vuelvo siempre o por lo menos desde que ya no estás tú chicuela para mostrarme tus senos.

Fuiste mía entonces detrás de aquella ventana, mis manos se pegaban al cristal para fingir que te tocaba y tú los agitabas permitiendo que tus pezones afilados se pegaran al vidrio, tu piel se apilaba detrás del frio cristal mientras mis manos del otro lado se consumían en silencio por poseer tus senos, eras una obsesión callada y misteriosa entonces, casi anónima y aún lo sigues siendo. (Si sólo hubiera podido escuchar su nombre alguna vez, escuchar cuando su madre la llama y ella tenía que ponerse apresurada los sostenes y abandonar la ventana, pero yo estaba demasiado distraída y embriagada con sus senos en ese instante como para pegar el oído y escuchar cualquier cosa, así sea el llamado de su madre). Yo fui como una cazadora furtiva de tus senos buscándolos tras de mi ventana. Eras mía a través de esa ventana, la amante tímida y callada que tenía frente a mis ojos para poseerla, para consumar mis ardorosos deseos de piel fresca y cándida en mis manos.

Ahora eres un reflejo en mi ventana, un recuerdo de hembra joven, los pechos más altivos y robustos que he podido ver, aún se dibujan con su redondez en mi ventana. Una cuarenta y cinco de la tarde, mi mano se desliza por debajo de mi falda, no puedo escapar de mi intimidad, no puedo escapar de mi auto-placer, de disfrutarme dentro de mí misma. Siento mi humedad y es que ardo, muero en deseo, me muerdo los labios; pero mejor me calmo, aquí hago una pausa, con ganas de retirarme de la ventana, ganas de irme y desaparecer de tu presencia.

Tu presencia que excita mi imaginación, que sacude todo mi interior y me hace terminar agitada y jadeante, cuando los rayos del sol caen sobre mi falda y se pega más a mi cuerpo, en especial a mis caderas y todas mis demás curvas se avivan y se humedecen también bajo mi ropa interior producto del sudor, resultado del placer. Ya no soporto más tu recuerdo y me pregunto si es un ritual recordarte, cada vez que miro a la ventana mis dedos revolotean en mi interior, siento un leve cosquilleo en mi piel íntima, más que imaginándote sintiéndote en mi cuerpo, sintiendo tu suavidad en mi suavidad, tus palpitaciones en las mías, impregnándome y haciéndote mía a través de mis pieles más intimas, para recibirte y unirme a ti a través de mis reminiscencias.

Cuando el olor de mis transpiraciones es sólo un recuerdo, y se me impregna la braga y se adhiere a mi piel de una forma penetrante y absoluta que se afirma a mi tacto con una sensación fría que asciende y me envuelve hasta llegar a mi olfato, olerme u olerte, cual es la realidad, estar pendiente, atenta o impregnada cual es la realidad, olerte, recibirte a través de mis emanaciones es ciertamente ficticio y cruel para mis sentimientos. Es una traición del tiempo, mientras el sol pasa y yo me quedo pegada a la ventana contemplando el olvido.

Pero aquella mañana en que te fuiste es ciertamente real y dolorosa, y el único recuerdo que perdura en mi mente es tu adiós frio y mudo tras la ventana, esa tu mirada fija, contemplativa, triste y transparente hasta que tu madre te llamó como acostumbraba y tú agitaste la mano por última vez diciéndome adiós y te marchaste alejándote de la ventana para siempre.

(II)

Fui solamente una aventurera del deseo, una mocosa ansiosa de aprender las mañas del sexo y los ritos del placer, una chica inexperta que ofrecía sus senos a una mujer madura por deleite y capricho. Quise aprender a excitarme con ella, quise aprender a coger a una mujer, tocar su cuerpo, sentir su calor, extraviarme recorriendo su cuerpo con mi lengua, con mis caricias y a través de ella llegar a su excitación.

Quise una guía, una maestra, quise alguien que me iniciara, quise  sentir la pasión que envuelve a dos hembras furtivas entregándose al deseo, cómplices más allá de lo consentido. Quise simplemente que fuera entre nosotras, de mujer a mujer.

Mirando por la ventana, sentía sus manos recorriendo mis pechos, me estrechaba fuertemente a la ventana pegando mis pechos, deseando que sus manos alcanzaran a tocarme, sus manos detrás de su ventana provocaban mi excitación, cada mirada suya dirigida a mis senos me ponía contenta sin poder contener mis jadeos y mi respiración entrecortada de placer, mientras se los restregaba pegados a mi ventana, su mirada desfalleciente hablaba por ella y revelaba también el momento más alto de su éxtasis y lujuria; todo a través de la ventana, ni una palabra dicha, ni una caricia alcanzada, nada, sólo su mirada, pero era suficiente para compartir con ella el momento más elevado de nuestro placer.

Me atreví por primera vez a descubrir junto a ella, el gozo de exhibirse y el deleite de la masturbación, expuse ante ella mis senos desnudos como dos melones frescos, florecientes y prometedores; impacientes por ser tomados, por ser tocados, por elevar su temperatura en esas manos tan impacientes que se precipitaban sobre el cristal de la ventana de en frente, como dos fieras cautivas que golpeaban el vidrio, locas por llegar hasta mí, hasta mi piel para ajustarla a su tacto. Se emocionaba y llegaba a perderse en su arrebato, cerrando los ojos y abalanzándose con todo su cuerpo sobre la ventana, para quedarse mirándome con tristeza y resignación que me conmovía, entonces yo como una chiquilla traviesa para devolverle el ánimo, volvía a menearle mis senitos y así afloraban nuevamente sus caricias en el vidrio y volvía a dibujarse una sonrisa en su vidriera, tras que se secaba los ojos por habérsele puesto húmedos, cosa que yo no entendía porque, pero prefería animarla otra vez poniéndome más a su disposición desde mi propia ventana.

Todo era dulce y hermoso, las dos estábamos envueltas y encandiladas como en estado de gracia, caía yo en la grandeza de sus caricias que llegaban hasta mí, recibiéndolas con mi mirada; pero luego de un momento todo lo encantador y sugestivo de ese momento se perdía en un instante por las interrupciones de mi madre que me tomaban por sorpresa y me sobresaltaban teniendo que acabar con mi encanto, y me tenía que volver a colocar los sostenes toda despavorida y salir corriendo a atender el llamado de mi madre que se hacía más impaciente a medida que transcurrían los minutos, y los bellos momentos que pasaba frente a la ventana se quedaban para la memoria.

Como una obsesión que tarde o temprano iba a ser interrumpida, cuando me marchaba para siempre de esa casa en la que había aprendido a ser feliz, me iba, mirando esa ventana tan llena de ella, tan llena de adiós y nostalgia, y tristeza, y soledad, y silencio; solté una lagrima, y solamente ahora entendía porque ella terminaba empañando sus ojos tras la ventana, y porque ahora se apañaban en la distancia de mi ventana. Me fui para siempre sin saber que aquella obsesión se convertiría en el más bello recuerdo para mi memoria.

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